Manel Gastó

Manel Gastó (DEC 04) explica su experiencia en Nicaragua colaborando en el  proyecto Together de ESADE Alumni Solidario.

Managua te recibe con los Árboles de la vida, unas grandes estructuras metálicas con forma de árbol que Rosario Murillo, la mujer del presidente Daniel Ortega, ha instalado por toda la ciudad. Son moles de hasta 21 metros de altura que requieren de seguridad 24 horas al día para evitar que los nicaragüenses, ciudadanos de un país que ocupa la posición 125 en el Índice de Desarrollo Humano, los asalten para apropiarse de las bombillas que les dan vida también cuando cae el sol. 

Pasé tres semanas de julio en Nicaragua colaborando con el proyecto Together de ESADE Alumni Solidario. Fueron tres semanas en las que intenté ayudar a Víctor y Maria, alumnos del BBA, a elaborar un plan de marketing para la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA). 

Pero también fueron tres semanas durante las que intenté encontrar el sentido a esos 134 árboles crecidos en medio del asombro de nicaragüenses y visitantes. Los Árboles de la vida, una gran metáfora del país, de sus gentes y de su política, fueron también la primera lección aprendida durante el viaje a una tierra de bosques frondosos y que rebosa vitalidad en cada esquina, pero que planta árboles de hierro inerte.

Para mí, el atractivo de una experiencia internacional de voluntariado está precisamente en las lecciones aprendidas descubriendo otra cultura, otra forma de trabajar, de organizarse y de vivir la vida. Es terminar una reunión con más preguntas que respuestas y estando menos seguro de lo que uno sabe, pero al mismo tiempo muy satisfecho de todo lo aprendido. 

Se trata de descubrir otra cultura, sí; pero también de descubrirse a uno mismo, como persona y como profesional, planteándose cuestiones nunca antes planteadas, volviendo a los orígenes para encontrar la esencia de conceptos e ideas que no por muy explotadas, funcionarán en un entorno totalmente distinto. 

Hay que añadir, además, el reto que supone dar apoyo a dos estudiantes -brillantes y absolutamente entregados al proyecto - y que constituye la verdadera razón de ser del Together. 

Pero no puedo decir que no fuese advertido previamente. Sònia, alumni que colaboró también con la UCA e infatigable compañera de la primera semana de viaje, me lo dejó claro durante nuestro particular periplo transoceánico: "el hecho de hablar el mismo idioma, no significa que nos comprendamos sin más". 

Supongo que ésa es una de las razones por las que, tras 21 días, regresé a Barcelona con una maleta cargada aún con más ilusión y energía de la que llevaba en mi viaje de ida, pero sin resolver aún la pregunta que Nicaragua me arrojó nada más conocernos: el porqué de los Árboles de la vida.